El enfoque transdiagnóstico ha cobrado relevancia dentro de la terapia cognitivo-conductual (TCC) al proponer un cambio de mirada. Plantea intervenir sobre procesos psicológicos compartidos por distintos trastornos, en lugar de focalizar exclusivamente en categorías diagnósticas. Esta perspectiva parte de la idea de que muchos cuadros clínicos comparten mecanismos que mantienen el malestar emocional. A partir de una revisión reciente sobre variables de cambio en psicoterapia, analizaremos cómo se organizan esos patrones, qué evidencia los respalda y qué desafíos metodológicos plantea su estudio.
¿Qué se sabía hasta ahora?

Durante décadas, la TCC se organizó en torno a protocolos diseñados para diagnósticos específicos, siguiendo los criterios del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, Quinta Edición, Revisión de Texto (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth Edition, Text Revision, DSM-5-TR, en inglés). Este modelo permitió avances significativos, aunque también mostró límites claros: alta comorbilidad entre cuadros clínicos, gran heterogeneidad sintomática dentro de una misma categoría y variaciones en la presentación a lo largo del tiempo. Tales desafíos impulsaron la búsqueda de modelos más integradores.
En ese contexto, el enfoque transdiagnóstico propuso desplazar la atención desde las etiquetas rígidas hacia los procesos psicológicos que mantienen el malestar en distintos trastornos. La revisión analizada organiza estos mecanismos en categorías diferenciadas y plantea que intervenir sobre ellos podría optimizar la eficacia terapéutica, especialmente en cuadros con síntomas superpuestos o comórbidos.
¿Cuál fue el abordaje del análisis?
El trabajo en que se basa esta nota corresponde a una revisión teórica publicada en una revista especializada en psiquiatría. Su objetivo principal fue examinar y organizar la evidencia disponible sobre los elementos de cambio implicados en la TCC, con especial foco en aquellos que operan de manera transversal en distintos trastornos mentales.
Con base en esta metodología, los autores integran hallazgos previos y proponen una clasificación en tres grandes categorías de mecanismos: específicos, transteóricos y psicopatológicos. A continuación, desarrollaremos cada una de ellas para comprender cómo se estructuran y qué papel cumplen en la mejoría clínica.
La organización de los constructos

En primer lugar, los mecanismos terapéuticos específicos refieren a las habilidades que la TCC enseña para regular emociones y modificar conductas problemáticas. Entre ellas se incluyen la reestructuración cognitiva, la activación conductual, la exposición interoceptiva y las prácticas basadas en mindfulness. Estas estrategias buscan promover nuevas formas de interpretar experiencias internas y afrontar situaciones temidas.
En ese sentido, la evidencia revisada indica que no solo importa qué habilidades se enseñan, sino también el modo en que son aplicadas. Tanto es así, que la autoeficacia percibida para utilizarlas, la frecuencia de uso y la calidad de ejecución guardan relación con mayores reducciones sintomáticas.
De hecho, el ajuste del orden de enseñanza según las fortalezas iniciales de cada persona ha mostrado beneficios adicionales. En el marco del enfoque transdiagnóstico, el énfasis recae en consolidar un uso efectivo de estas competencias más que en seguir de forma rígida un protocolo predeterminado.
Mecanismos transteóricos
Por su parte, los transteóricos incluyen procesos que influyen en el cambio psicológico con independencia de la técnica empleada. Entre ellos destacan la alianza terapéutica, las expectativas frente al tratamiento y las creencias de autoeficacia. La alianza, definida como el acuerdo en metas y tareas junto con un vínculo colaborativo, mantiene una asociación consistente con mejores resultados clínicos, incluso cuando se controlan otros factores del proceso terapéutico.
Asimismo, las expectativas iniciales y la percepción de credibilidad del tratamiento también tienen efectos significativos, vinculándose con mayor implicación y adherencia. Por su parte, la autoeficacia, entendida como la convicción de poder aplicar las habilidades aprendidas, no solo acompaña la mejoría, sino que en algunos estudios precede la reducción sintomática.
Mecanismos psicopatológicos
Finalmente, los psicopatológicos refieren a procesos psicológicos que mantienen la sintomatología en distintos trastornos emocionales. Entre ellos destaca la reactividad aversiva, entendida como la tendencia a percibir las emociones negativas como incontrolables, peligrosas o intolerables. Esta disposición favorece estrategias de evitación que alivian el malestar a corto plazo, aunque lo perpetúan en el tiempo. Siguiendo esa línea, la revisión subraya el papel del afecto positivo: niveles bajos guardan relación con la depresión y otros cuadros internalizantes, mientras que su incremento favorece mayor bienestar y resiliencia.

Otro proceso relevante es el estilo de apego. Formas inseguras de vinculación se relacionan con mayor vulnerabilidad emocional y dificultades interpersonales, factores presentes en diversos diagnósticos. Por tanto, modificar los antedichos constituye una vía central para explicar la mejoría clínica.
Desafíos metodológicos y límites
Aunque la investigación ha avanzado, persisten desafíos relevantes. Uno de los principales consiste en demostrar que la modificación de una variable antecede y explica la mejoría sintomática. Muchos trabajos confirman asociaciones entre elementos, pero no permiten establecer con claridad relaciones causales ni temporalidad entre los cambios observados.
Además, estudiar múltiples variables de manera simultánea implica una complejidad analítica considerable. La revisión señala la necesidad de diseños longitudinales intensivos y de herramientas estadísticas capaces de modelar interacciones dinámicas entre mecanismos. Sin estos avances metodológicos, resulta difícil determinar qué aspectos impulsan el cambio y cómo se influencian entre sí durante el tratamiento.
Hacia una psicoterapia centrada en procesos
Sin dudas, el enfoque transdiagnóstico propone una transformación relevante en la manera de comprender la intervención psicológica. Al priorizar patrones compartidos entre distintos trastornos mentales, desplaza el foco desde la etiqueta diagnóstica hacia aquello que sostiene el malestar. Esta perspectiva abre la puerta a intervenciones más flexibles, con mayor capacidad de adaptación a la complejidad clínica y a la comorbilidad frecuente en la práctica profesional.
Aun así, consolidar una psicoterapia verdaderamente centrada en variables de cambio exige profundizar en el estudio dinámico de los mecanismos implicados. Comprender cómo interactúan, en qué momento del tratamiento resultan más influyentes y para qué perfiles clínicos muestran mayor impacto constituye el próximo desafío. La pregunta que queda abierta es clara: ¿qué variables resultan decisivas para cada persona y cómo identificarlas con mayor exactitud?
Referencia bibliográfica
- Southward, M. W., Kushner, M. L., Terrill, D. R. y Sauer-Zavala, S. (2024). A review of transdiagnostic mechanisms in cognitive-behavior therapy. Psychiatric clinics of North America, 47(2), 343-354. https://doi.org/10.1016/j.psc.2024.02.003





















